Después de que la primera parte se limitara, con acierto, a sentar las bases del universo de Arrakis, "Dune: Parte Dos" tenía la obligación de justificar por qué esta historia necesitaba dos películas de casi tres horas cada una. Lo consigue, y con margen, gracias a una decisión que separa a Denis Villeneuve de buena parte del cine de blockbuster actual: aquí la escala nunca es gratuita, siempre está contando algo.

La película sigue a Paul Atreides (Timothée Chalamet) integrándose en la comunidad fremen, entrenándose para la guerra y, poco a poco, dejando que la profecía que otros han construido sobre él empiece a moldear sus propias decisiones. Es en ese proceso, y no en las batallas, donde reside el verdadero interés de la historia.

Un mesías que la película no idealiza

El gran acierto del guion, firmado por Villeneuve y Jon Spaihts, es negarse a presentar el ascenso de Paul como una épica sin matices. Cuanto más se acerca a convertirse en el líder que los fremen esperan, más nos deja ver la película el coste de esa transformación: manipulación política, guerra santa, un poder que empieza a controlar a quien lo ejerce en lugar de al revés. Zendaya, como Chani, es la voz que constantemente recuerda al espectador que hay algo profundamente inquietante en dejar que una profecía decida el destino de un pueblo entero.

Cuanto más grande se hace la leyenda de Paul Atreides, más pequeño se hace el margen para que siga siendo, sencillamente, una persona.

Los gusanos de arena como puesta en escena, no como espectáculo vacío

La secuencia en la que Paul monta por primera vez a un gusano de arena es de lo mejor que ha dado el cine de gran formato en los últimos años: la escala está filmada para que sintamos vértigo físico, no solo asombro visual. Villeneuve entiende el IMAX como una herramienta narrativa, no como un argumento de venta.

Fiel al espíritu del libro, no solo a su argumento

Donde otras adaptaciones anteriores se quedaron en la superficie del argumento, esta versión entiende que "Dune" es, ante todo, una advertencia sobre los peligros de seguir a líderes carismáticos sin cuestionarlos. Que una superproducción de este tamaño se atreva a terminar en un tono ambiguo, casi inquietante, en lugar de con una victoria sin fisuras, dice mucho de la confianza que Warner ha depositado en Villeneuve, y de lo bien que él la ha sabido administrar.