Casi tres horas de duración, buena parte de ellas ocupadas por hombres hablando en despachos sobre comités de seguridad y patentes de física teórica, y aun así "Oppenheimer" se sostiene como uno de los thrillers más tensos del año. Christopher Nolan apuesta, en su película más adulta hasta la fecha, por el montaje y la interpretación por encima del espectáculo, y sale ganando la apuesta casi todo el metraje.

La estructura, dividida entre la instrucción en color de J. Robert Oppenheimer (Cillian Murphy) y la vista en blanco y negro de Lewis Strauss (Robert Downey Jr.) años después, funciona como un contrapunto constante: lo que Oppenheimer vive como triunfo científico, la política lo reescribe después como amenaza a vigilar. Nolan monta ambas líneas temporales con una fluidez que rara vez se echa en falta, aunque exige una atención total del espectador.

La Trinity sin fuegos artificiales

La prueba de la bomba en el desierto de Nuevo México es, quizá, la escena más comentada del año, y tiene mérito que lo sea precisamente por su contención: Nolan retrasa el sonido de la explosión varios segundos después del destello, dejando que la imagen silenciosa se imponga antes que el estruendo. Es una decisión de puesta en escena que resume la película entera: lo que de verdad aterra no es el estallido, sino la fracción de segundo de silencio en la que Oppenheimer entiende lo que acaba de desatar.

La bomba solo se ve una vez. La culpa se ve durante las tres horas restantes.

Cillian Murphy sostiene toda la película con los ojos

Murphy construye a Oppenheimer como un hombre que empieza siendo pura ambición intelectual y termina consumido por una culpa que no sabe dónde depositar. Su interpretación funciona a base de primerísimos planos y silencios largos, y sostiene sin esfuerzo aparente una película que en manos de otro actor podría haberse desequilibrado hacia lo puramente expositivo.

Una película sobre las consecuencias, no sobre el logro

Lo que distingue a "Oppenheimer" de un biopic científico convencional es que le interesa mucho menos el logro técnico que sus consecuencias morales y políticas: el uso real de la bomba, la persecución macartista posterior, la manera en que Estados Unidos convirtió al hombre que la hizo posible en sospechoso en cuanto empezó a dudar en voz alta de su propia creación. Nolan no ofrece redención ni villano claro. Ofrece, simplemente, el peso de haber abierto una puerta que ya no se puede cerrar.