Un hombre cae desde la ventana de un chalé en los Alpes franceses. Puede haberse caído, puede haberse tirado, puede haber sido empujado. La única testigo posible es su hijo, que es ciego, y la principal sospechosa es su mujer, Sandra (Sandra Hüller, en un segundo papel imprescindible esta temporada tras "La zona de interés"). A partir de ahí, "Anatomía de una caída" deja de ser una película sobre averiguar qué pasó y se convierte en algo mucho más incómodo: una película sobre lo poco que sabemos, en realidad, de la vida privada de cualquier pareja.

Justine Triet monta el juicio con un pulso narrativo que recuerda al mejor cine judicial americano, pero lo usa para un fin distinto: cada testimonio no acerca a un veredicto, sino que abre una nueva interpretación posible de la misma discusión de pareja, grabada en audio y reproducida en la sala una y otra vez hasta que dejamos de saber quién tiene razón.

Un guion que se niega a ponerse de parte de nadie

Lo más valiente de la película, escrita por Triet junto a Arthur Harari, es su negativa sistemática a inclinar la balanza hacia la inocencia o la culpabilidad de Sandra. Cada escena que parece exculparla va seguida de otra que siembra la duda, y viceversa. El espectador entra en la misma posición que el jurado: sin acceso a la verdad, solo a versiones, tonos de voz y silencios que se pueden leer de mil maneras distintas.

No es una película sobre si Sandra es culpable. Es una película sobre lo poco que "culpable" o "inocente" explican de una relación de once años.

Sandra Hüller, otra vez imprescindible

Hüller construye a Sandra desde la ambigüedad calculada: nunca sabemos si su frialdad es la de alguien que no tiene nada que ocultar o la de alguien entrenada para no mostrar nada. Es un trabajo actoral que exige contención absoluta y que, precisamente por eso, se vuelve magnético en cada primer plano.

Una sentencia sobre el propio acto de juzgar

"Anatomía de una caída" termina, como todo juicio, con un veredicto. Pero Triet deja claro que ese veredicto es una decisión práctica, no una revelación de la verdad, y ahí está su lucidez mayor: la película entiende que la justicia y la verdad no siempre son la misma cosa, y que a veces la vida de dos personas en privado es, sencillamente, inescrutable desde fuera.