Robert Mitchum lleva tatuadas las palabras LOVE y HATE en los nudillos de cada mano, y las usa como sermón visual cada vez que quiere explicar, a quien haga falta, la lucha eterna entre el bien y el mal. Es una de las imágenes más citadas del cine clásico americano, y pertenece a una película que, en su estreno de 1955, fue un fracaso comercial y crítico tan rotundo que su director, el actor Charles Laughton, nunca volvió a ponerse detrás de una cámara.

"La noche del cazador" cuenta la historia de un predicador itinerante y asesino en serie, Harry Powell, que se casa con una viuda para hacerse con el dinero escondido que sus hijos guardan en secreto. Lo que podría haber sido un thriller convencional se convierte, en manos de Laughton, en algo mucho más extraño: un cuento de hadas gótico, rodado con la iluminación expresionista del cine mudo alemán y el ritmo de una pesadilla infantil.

Un western, un cuento de terror y una fábula bíblica, a la vez

Laughton mezcla registros que en teoría no deberían convivir: el horror gótico, el melodrama religioso, el western rural y el cuento popular de niños perseguidos por un depredador. La huida de los dos hermanos protagonistas río abajo, filmada como si el mundo natural —búhos, conejos, el cielo estrellado— los observara con una calma casi mítica, es de las secuencias más extrañamente hermosas del cine de su década.

Ningún remake ha logrado capturar esa sensación de amenaza constante y, al mismo tiempo, de cuento infantil que recorre toda la película.

Mitchum, el villano más elegante y aterrador de su generación

Mitchum construye a Powell como un depredador que seduce con la misma facilidad con la que amenaza, usando el lenguaje religioso como herramienta de manipulación. Es un villano que no necesita gritar para dar miedo: le basta con cantar un himno en voz baja mientras se acerca a caballo, en la distancia, hacia la casa donde los niños se esconden.

El fracaso que se convirtió en película de culto

El público de 1955 no supo qué hacer con una película que no encajaba en ningún género reconocible, y la carrera de Laughton como director terminó ahí mismo. Décadas después, generaciones de cineastas —de Scorsese a los hermanos Coen— han reivindicado "La noche del cazador" como una de las obras más personales y arriesgadas jamás producidas dentro del sistema de estudios de Hollywood.