Empieza con una boda, no con un asesinato. Esa es la primera y quizá la decisión más inteligente de "El Padrino": Coppola dedica los primeros minutos de su película a una celebración familiar, con música, brindis y un patriarca escuchando peticiones en la penumbra de su despacho, antes de que la palabra "mafia" adquiera todo su peso. Cuando la violencia llega, ya sabemos exactamente qué es lo que esa familia está dispuesta a proteger.
Basada en la novela de Mario Puzo, la película sigue la transformación de Michael Corleone (Al Pacino), el hijo que quería mantenerse al margen de los "negocios" familiares, en el sucesor perfecto de su padre, Don Vito (Marlon Brando). Es, en el fondo, una tragedia sobre la imposibilidad de escapar del destino que una familia ha decidido para uno.
Un western disfrazado de saga urbana
Coppola y su director de fotografía, Gordon Willis —apodado "el príncipe de la oscuridad" por su uso radical del claroscuro—, filman la Nueva York de posguerra con una fotografía ambarina y sombras profundas que convierten cada despacho, cada restaurante, cada habitación de hospital en un espacio cargado de amenaza latente. Los códigos de honor, lealtad y venganza que estructuran la película son, en el fondo, los mismos del western clásico, trasladados al asfalto.
La escena del bautizo, montada en paralelo con la ejecución simultánea de los rivales de Michael, sigue siendo una de las lecciones de montaje más citadas de la historia del cine.
Brando y Pacino, dos formas opuestas de construir poder
Brando compone a Don Vito desde la contención absoluta: apenas alza la voz en toda la película, y precisamente por eso cada palabra suya pesa como una sentencia. Pacino, en cambio, construye a Michael como una transformación progresiva, casi imperceptible escena a escena, desde el joven que rechaza el negocio familiar hasta el hombre capaz de ordenar la muerte de su propio cuñado sin que le tiemble el pulso.
Por qué sigue siendo el modelo a batir
Todo el cine de gánsteres posterior, desde "Uno de los nuestros" hasta "Los Soprano", dialoga en algún momento con "El Padrino", porque fue esta película la que estableció que el verdadero interés del género no está en la violencia, sino en la estructura de poder, lealtad y familia que la sostiene. Más de cinco décadas después, sigue sin haber una respuesta mejor a la pregunta de cómo se hereda, en silencio, la disposición a hacer lo indecible por los tuyos.