Kubrick tenía a su disposición, en 1968, un año antes de la llegada real del hombre a la Luna, la oportunidad de hacer la película de ciencia ficción más espectacular jamás producida. La hizo. Pero, sobre todo, hizo algo mucho más arriesgado: una película que se niega, de principio a fin, a explicarle al espectador qué está viendo o qué significa.

Desde el amanecer del hombre prehistórico ante un monolito negro hasta el salto final a través del "stargate" psicodélico, "2001" avanza por elipsis narrativas gigantescas —la más famosa, el hueso que un homínido lanza al aire y que se transforma, en un solo corte, en una nave espacial millones de años después— confiando en que la imagen, y no el diálogo, cargue con el peso del significado.

HAL 9000: el villano más humano de la película

La paradoja central de "2001" es que su personaje más empático es una computadora. HAL 9000, la inteligencia artificial que controla la nave Discovery One, habla con más calidez y muestra más ansiedad ante la propia extinción que cualquier tripulante humano de la película. Su lenta desconexión, con HAL suplicando y regresando a un estado casi infantil de conciencia, sigue siendo una de las escenas más inquietantes jamás filmadas sobre la muerte.

Ninguna película de ciencia ficción posterior ha vuelto a confiar tanto en el silencio, la escala y la duración del plano como herramientas narrativas por derecho propio.

Efectos especiales que siguen sin verse anticuados

Rodada sin ordenadores, con maquetas, proyecciones frontales y una precisión técnica que llevó años de desarrollo, "2001" logró un realismo visual del espacio que ni siquiera el cine digital posterior ha superado del todo en sensación de escala y silencio. La ausencia casi total de sonido en las secuencias espaciales —Kubrick elimina la banda sonora convencional en los momentos de vacío— es tan responsable del asombro que provoca la película como cualquier efecto visual.

Una película que se resiste a cualquier lectura única

Kubrick rechazó siempre ofrecer una interpretación cerrada de la evolución, la tecnología o el salto final del astronauta Dave Bowman hacia el "feto estelar" con el que termina la película. Esa ambigüedad deliberada, lejos de envejecer, es la razón por la que "2001" sigue generando tesis, ensayos y discusiones cinco décadas después de su estreno: sigue siendo una película que hace preguntas más grandes de las que cualquier respuesta podría contener.